Resumen de un doctorado (sin las partes aburridas)

Por Pablo Rodríguez, el 2 diciembre, 2019. Categoría(s): Expat • Opinión

Hace cuatro años, coincidiendo con mi emigración a los Países Bajos, comencé mi andadura en este blog. Cuatro años, cuatro estancias, cuatro artículos escritos (dos aún pendientes de ser publicados), catorce países visitados, un nuevo idioma, nuevos amigos, … y sólo un hostión con la bici (y por culpa de un carril bici sin deshelar). Cuatro años dan para mucho pero, a la luz de las estadísticas, no siempre para un doctorado. Como suele pasar, finaliza mi contrato y mi tesis está exactamente “casi lista”. Va a tocar dedicar unos cuantos fines de semana a finalizar la introducción, retocarla y hacer papeleos varios… pero lo más gordo ya ha pasado.

Doy los últimos coletazos de este doctorado con la sensación de saber menos que cuando lo empecé. Dicen que lo contrario sería mala señal. El caso es que mirando atrás, como poco, he coleccionado varias anécdotas que ningún referee puede pedirme que omita. Dejo por aquí algunas:

  • Aprendí a conducir. A los 34 años.
  • En Jena me labré la reputación de loco por dejar mi móvil en el suelo cuando subía al ascensor, aunque tenía un buen motivo para ello.
  • En un congreso en Corfú casi me parte la cara un infante de marina.
  • No fue la única situación de riesgo. También llevé de tapas por Valladolid a un grupo de vegetarianos.
  • Sobreviví a un congreso maratoniano, de dos semanas de duración, en un monasterio benedictino en medio de la nada.
  • Usé el aula y la pizarra de Niels Bohr en Copenhague.
  • En Londres me quedé boquiabierto con los proyectos de los alumnos de primero de física.
  • También en Londres aprendí que una cosa es un museo, y otra un museo británico.
  • En París fui testigo de la peor presentación de la historia: un mazacote de texto en un archivo txt cuyo autor leyó entero, con tono monocorde, mientras nos daba a todos la espalda (cuando acabó se giró, con una gran sonrisa, como diciendo: “lo he clavado”).
  • También en París presenté mis respetos a la tumba de Poincaré que, aún estando muerto, resultó mucho más entretenido que la charla del tío del txt.
  • Visité la primera universiad de Europa en Bolonia.
  • Presencié lamentables (pero no menos antigüas) novatadas en Coimbra.
  • En Bilbao hice varias veces el payaso (en 2016, 2017 y 2018) delante de dos mil personas, y hasta presenté un musical.

En resumen, aburrirme no me he aburrido.

Cuatro años dan también para habituarse incluso a la más exótica de las culturas. Ya no puedo visitar España sin añorar mi bicicleta ni la eficiente costumbre de salir con los amigos a las siete en lugar de a las doce. Tengo cera también para los “rubios”: no puedo entrar a un restaurante holandés sin cabrearme con el nivel de cutrez y mi vida sería mucho más fácil si vocalizasen (cuando les recuerdo que entiendo mejor a los flamencos belgas se pican y empiezan a hablar más claro). En fin, que esté dónde esté siempre me va a quedar algo que echar de menos.

¿Y ahora qué?, se preguntarán ustedes. Pues toca otro cambio y otra mudanza, aunque esta vez no sea internacional. Mi próxima parada es el Netherlands eScience Center, ubicado en Ámsterdam, y dónde llevo ya un mes trabajando. Pero de esto hablaremos en otra ocasión.

PS: aquellos de ustedes que no hayan escrito una tesis se preguntarán por qué no hablo de su contenido. La razón es sencilla: en los últimos meses he pasado horas y horas escribiéndola. Esto genera un estado de estupor en el que, no exagero, me cuesta incluso recordar de qué trata. Denme tiempo… como si de un suceso traumático se tratase, algún día hablaré de ella.



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Por Pablo Rodríguez, publicado el 2 diciembre, 2019
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